Una tarde, hablando con mi madre del camino, le comenté que si nunca lo hubiera hecho, sería una persona distinta a la que soy ahora. Que esos días de reflexión en los que caminaba y conocía gente, me ayudaron a crecer. Puede que fuera el darme cuenta de ello lo que me impulsara a repetirlo. Si bien los motivos eran distintos, siempre me volvía con la mochila cargada de conclusiones y vivencias.
Cierto es que el camino no acaba en Santiago, que lo que allí experimentamos tiene su repercusión en el tiempo una vez que retomamos nuestras vidas. De ahí que me haya tomado unos días para asimilar todo lo ocurrido y escribir lo que supuso para mí hacer el Sanabrés.
A su manera este camino son muchos caminos, pero sobre todo son dos caminos.
El primero es un camino de soledad, de reflexión y de búsqueda; que nació en Zamora aquella tarde que me despedí de mis padres; y fue a morir en un pueblito llamado Lubián, en esa mañana milagrosa en la que aparecieron de la nada doce peregrinos.
El segundo nace en ese mismo pueblo y es un camino compartido. En las etapas me voy encontrando con distintos peregrinos; intercambiamos experiencias, reflexiones, consejos. Es un camino enriquecedor donde, con el pasar de los días, se va consolidando un grupo al que me atreví a llamar familia peregrina.
Ambos caminos son importantes, porque de ambos aprendí.
Cierto es que muchos me han preguntado qué se siente hacer el camino sólo, es entonces cuando viene a mi mente este segundo camino y empiezo a sentir que realmente no lo sé. Pues tuve la suerte de formar parte de una fugaz familia que el azar reunió en Lubián y que mi recuerdo se niega a separar aunque los días pasen. Personas que me cuidaron y acompañaron, que me permitieron compartir con ellos su camino y que tienen un lugar especial en mi memoria.
A todos ellos y a los que me siguieron en este blog, les quiero dedicar esta publicación, pues entre todos me han ayudado a caminar y a llegar una vez más a Santiago.















