El Salvador ha sido un camino que subestimé. Bien porque eran pocos días, bien porque no ví cotas muy altas en montaña salvo en una etapa. El caso es que me pasó factura. Es cierto que físicamente creo que sí lo preparé muy bien, pero me desentendí mucho de mis pies. Lo inicié teniendo ya molestias, utilicé botas nuevas, decidí llevar poco material para cuidármelos y todo se tradujo en lo que ya he contado.
La verdad es que ya han pasado un par de días y llegué a la conclusión de que lo terminé más por estrategia que por capacidad. Si hubiera durado unos días más, quizás no lo podría haber acabado. Se trata de un camino que, pese a lo corto que es, no da tregua. Todas sus etapas pasan por montañas, teniendo que hacer varios kilómetros de cuestas y descensos cada día.
Por otro lado, creo que me ha ayudado a llegar a una conclusión importante: no todos los caminos deben llegar a Santiago. Es algo que pienso desde que hice el primer camino, pero que no había puesto en práctica. Ahora me planteo otros caminos (incluyendo también los que sí van a Santiago) y tengo un horizonte mucho más amplio.
He tenido la suerte de compartir estos días con personas estupendas que me han aportado mucho y me han ayudado a caminar. Como todos los que me han leído y animado cada día, gracias por caminar conmigo. Hasta el próximo camino.